Lo que aprendí tras enviar mis textos al otro lado del Atlántico
Lo que aprendí tras enviar mis textos al otro lado del Atlántico
Hay una frase que muchos escritores en Venezuela y en América Latina conocemos bien:
«Participar es facilísimo».
Y es verdad. Atrás quedaron los tiempos de imprimir decenas de hojas, abrochar carpetas y hacer cola en el correo postal pagando tarifas imposibles. Hoy basta con un par de clics:
abres tu correo, adjuntas tu relato o tu poema en un PDF, preparas la famosa plica con tus datos para garantizar el anonimato, le das a "Enviar"... y listo. Tu obra ya está cruzando el océano rumbo a España.
Hasta ahí, la historia es perfecta. La tecnología nos vendió la idea de la democratización de la literatura, de un puente directo entre nuestra mesa de trabajo y los jurados europeos.
Sin embargo, cuando llega la fecha del fallo, la realidad suele darnos un baño de agua fría. 🤕
¿Ganar? Para un autor que escribe desde este lado del mundo, parece una misión casi imposible. Cuando revisas los resultados de la mayoría de estos certámenes, la constante es clara:
los primeros lugares se quedan en casa. Ganadores españoles o residentes en la península.
¿Y qué nos queda a los demás después de semanas o meses de espera? Con suerte, un correo electrónico automatizado de agradecimiento 📧☺️ notificando que el certamen ha concluido y valorando "el altísimo nivel de las obras recibidas". Y a otra cosa.
No se trata de alimentar teorías de la conspiración ni de dudar del talento local de quienes ganan. Hay razones prácticas, económicas y culturales detrás de esta pared invisible:
- El propósito territorial: Muchos de estos premios provienen de ayuntamientos, de diputaciones o de fundaciones locales cuya razón de ser es fomentar la cultura de su propia comarca o región.
- La logística de los premios: Publicar un libro físico, coordinar la presentación o costear la presencia del autor en la entrega de premios se vuelve un rompecabezas financiero y diplomático cuando el ganador vive a miles de kilómetros.
- La sintonía cultural: Los jurados, integrados por críticos y por autores locales, suelen conectar de forma más natural con las referencias, con el lenguaje y con la sensibilidad de su propio entorno.
Reflexión final
¿Significa esto que debemos dejar de enviar nuestras obras? De ninguna manera.
Aceptar esta realidad no es resignarse, es sacarse la venda de los ojos para jugar con las reglas claras. Enviar nuestros textos a estos certámenes debe entenderse como lo que realmente es:
un entrenamiento constante.
Nos obliga:
- a revisar con lupa cada palabra,
- a dominar el arte de la edición,
- a respetar plazos rigurosos y
- a pulir el oficio en la soledad del escritorio.
Cada correo enviado es una prueba de resistencia y cada acuse de recibo confirma que nuestras voces cruzaron la frontera. Que no nos otorguen el primer lugar no borra el valor de lo que escribimos ni detiene nuestro proceso creativo. El verdadero premio no siempre viene en forma de diploma o de cheque en euros; está:
- en la disciplina acumulada,
- en la terquedad de seguir contando nuestras historias y
- en el orgullo de saber que, desde este rincón del mundo, nuestra literatura no pide permiso para hacerse escuchar.
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